Jorge Leonardo Aroca Acuña

Jorge Leonardo Aroca Acuña

Perfil del autor en Phoinike. Comercio exterior, aduanas y logística internacional.

Sobre el autor

Orígenes y Herencia Familiar

Nací en la ciudad de Táriba, estado Táchira, el 16 de febrero de 1996, en el seno del hogar conformado por mis padres, Jorge Enrique Aroca Riaño y María Eugenia Acuña Rosales. A los nueve meses de edad, mi familia se trasladó a Barquisimeto, ciudad donde transcurrieron mis primeros años hasta que, a la edad de siete, nos radicamos definitivamente en Valencia, estado Carabobo.

Mi fascinación por el pasado no es fortuita; se encuentra profundamente arraigada en la memoria de mi linaje materno. La familia Acuña mantuvo históricos vínculos de amistad con figuras preeminentes de la política venezolana del siglo XX, tales como los generales Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Esta ascendencia, unida a mi propia condición de tachirense, ha perfilado mi marcada predilección historiográfica hacia el estudio de los presidentes andinos. Crecer inmerso en los relatos derivados de esta cercanía histórica sembró en mí, desde una edad muy temprana, un amor innato y una vocación intrínseca por el estudio de nuestro devenir nacional. Más aún, la conjunción de mis raíces territoriales y este legado testimonial me otorga una fuerza inquebrantable y la plena confianza de que, inspirado en la historia, estoy destinado a hacer grandes cosas por mi país.

Los Albores de una Vocación Histórica

A la par de esta herencia oral familiar, mi primer acercamiento formal a la disciplina histórica es deudor de la labor pedagógica de la profesora Noemí Cáceres. Durante los años 2006 y 2007, mientras cursaba mi cuarto y quinto grado de educación primaria en la Unidad Educativa Colegio Guzmán Blanco, en la ciudad de Valencia —contando entonces con apenas diez u once años—, ella fue la encargada de impartirme mis primeras lecciones académicas. A través de su magisterio, fui introducido a las gestas de Cristóbal Colón, Simón Bolívar, Francisco de Miranda, José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco.

Un segundo hito de fundamental importancia en mi formación ocurrió en mi adolescencia, alrededor del año 2011, cuando un benefactor anónimo me obsequió la magistral biografía de Simón Bolívar escrita por el historiador Indalecio Liévano Aguirre. Este acontecimiento catalizó en mí un genuino fervor autodidacta a mis quince años. Comencé a sumergirme en el estudio de la historia universal, explorando con avidez las trayectorias vitales y campañas de figuras emblemáticas de la antigüedad y la era moderna, tales como Ciro el Grande, Alejandro Magno, Carlomagno y Napoleón Bonaparte.

Posteriormente, mi interés investigador se decantó hacia la historia local. Fue en la biblioteca personal de mi padre donde encontré mis primeras fuentes: una publicación de la Cámara de Comercio y el primer tomo de Visiones del viejo puerto. Estas obras constituyeron mi exordio a la historiografía del estado Carabobo y me permitieron descubrir, por vez primera, la figura de Miguel Alejandro Romer, un personaje histórico con el cual desarrollaría una profunda afinidad académica más adelante.

El Despertar del Interés Geopolítico y el Vínculo Local (2014)

El año 2014 representó un punto de inflexión en mi capacidad de análisis histórico. En aquel entonces, entablé un enriquecedor intercambio intelectual con el señor Giancarlo Mercanti, socio de mi padre. Nuestros debates abarcaron desde los próceres independentistas como Bolívar y Miranda, hasta los regímenes totalitarios europeos del siglo XX. Su profundo conocimiento sobre el Tercer Reich y la Segunda Guerra Mundial, fundamentado en la experiencia directa de su padre —ingeniero de armamento durante la Italia de Mussolini—, me brindó una perspectiva invaluable sobre la geopolítica contemporánea.

Ese mismo año, durante un almuerzo, el Dr. José Sabatino me prometió un ejemplar de un texto de Moisés Smith. Dado que el vínculo del Dr. Sabatino era estrictamente con mi padre, mi sorpresa fue mayúscula cuando, una semana después, recibí el libro prometido. Este gesto de deferencia representó un invaluable estímulo intelectual y me llevó a comprometerme como un soldado para la historia y la cultura.

La Humanización de la Historia (2015)

La expansión de mi círculo académico y de mentores experimentó un avance sustancial en 2015, cuando el Dr. Sabatino me presentó a don Luis Cubillán Fonseca. Con don Luis establecí rápidamente un vínculo inquebrantable; se convirtió en mi principal mentor, tutor y guía intelectual. Las extensas tertulias en su residencia sobre investigación y procesos históricos nos transformaron en estrechos colegas de estudio.

Don Luis ejerció una influencia categórica en mi consagración a la disciplina. Al considerarlo uno de mis más grandes amigos, valoro profundamente cómo me enseñó a concebir la historia desde una perspectiva menos dogmática y más humana. A través de sus vívidos relatos sobre figuras cimeras de la política nacional con las que interactuó —tales como Rómulo Betancourt, Isaías Medina Angarita, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez y los primeros años de Hugo Chávez—, asimilé una lección metodológica insustituible: detrás de la aparente rigidez de los textos académicos, yacen seres humanos de carne y hueso, forjando con sus virtudes y flaquezas el devenir de las naciones.

La Labor Archivística y la Metodología de la Investigación (2016)

Impulsado por todo este acervo, en el año 2016 me presenté en el despacho del Dr. Sabatino para ofrecerle mi asistencia como investigador. Tras una breve reflexión, me encomendó la magna tarea de sistematizar el archivo fotográfico de su proyecto digital en Facebook, "Memorabilia Porteña". La labor consistió en la catalogación manual de aproximadamente tres mil fotografías históricas, un proceso meticuloso que requería extraer la imagen, transcribir su título y registrar la fecha exacta de publicación. Lejos de resultarme tediosa, esta inmersión en la memoria visual cimentó mi devoción por Puerto Cabello; comprendí el inmenso valor del documento iconográfico como testimonio primario y me enriquecí notablemente con el análisis de la intrahistoria reflejada en los comentarios de la comunidad.

Esta experiencia empírica encontró su cauce académico formal el 6 de agosto de 2016, fecha en la cual participé en un seminario de crónica histórica impartido por el propio Dr. Sabatino y el profesor Parra, el cual representó mi inducción a la metodología de la investigación. En el marco de un certamen derivado de este taller, decidí que mi temática debía girar en torno a la figura de Miguel Alejandro Romer, cristalizando mi investigación en una crónica titulada El empréstito del Puerto. Mi rigor investigativo me llevó a consultar las fuentes de la biblioteca de la Cámara de Comercio de Puerto Cabello, donde las obras de los insignes historiadores Miguel Elías Dao y Asdrúbal González se erigieron como mis principales referentes documentales. Asumiendo que ambos autores habían fallecido —dado que la data de sus libros correspondía a las décadas de los ochenta y noventa— redacté mi artículo y logré obtener el quinto lugar a mis dieciocho años de edad.

Poco tiempo después, durante un evento institucional de la Cámara de Comercio, el azar propició que tomara asiento junto a un caballero de la tercera edad que, para mi asombro, resultó ser el propio Dr. Asdrúbal González. A partir de ese fortuito encuentro, forjamos una estrecha alianza cimentada en nuestra pasión compartida por la historia y la identidad porteña, conformando con el tiempo una verdadera tríada académica junto a don Luis Cubillán Fonseca.

Proyección Institucional (2017)

Todo este bagaje acumulado me condujo, en diciembre de 2017, a tener el alto honor de presenciar, en calidad de invitado, el proceso electoral para la renovación de la Junta Directiva de la Academia de Historia del Estado Carabobo. Este acontecimiento no solo afianzó mi sentido de pertenencia a la comunidad intelectual de la región, sino que marcó la cristalización de mi temprana, pero firme, trayectoria dentro del ámbito historiográfico institucional venezolano.

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